Cacho se pasó el mes de mi post-operatorio ciudándome. Me llevaba, me traía, se ocupaba. Al pie del cañón. Y yo me engolosiné. Después de años y años de independencia y autoabastecimiento, me relajé. Y me fue pésimo. Porque Cacho daba y daba, y yo más me relajaba. Hasta que me perdí. Me mimeticé con Cacho de forma tal que dependía de él para todo. Era mi sostén anímico, físico, era MI persona de confianza, yo en él confiaba ciento por ciento, y también empecé a mimarlo y consentirlo porque yo tenía eso y mucho más para darle. No me sentía más una sola, sentía que Cacho era mi otra mitad. Y eso fue un error. Cacho y yo nos simbiotizamos.
A mi la cirugía me pegó mal. Me tiró para abajo todo lo que venía construyendo porque me sentí obstaculizada. Y yo que venía con un envión importante, bajé a tierra a 200 por hora. Y Cacho se la tuvo que fumar, pero yo me apoyé en él, porque lo quería y porque sabía que él estaba ahí para atajarme. Pero él no pudo con eso, le pareció too much. Y poco a poco eso nos fue perjudicando. Ese fue mi gran error, perderme. Violeta era, vivía, respiraba, y accionaba por y para Cacho. Violeta se hizo devota de Cacho. Lo único que quería era estar con él. Empezamos a pasar los findes juntos y a compartir todo.
Una noche fuimos a un cumple de un amigo de él. Ahí todos empezaron a notar que estábamos muy pero muy bien, se nos veía bien, y se nos sentía bien. Nos nos podíamos despegar, Cacho me mimaba como nadie, y yo a él, más. Cuando volvimos a casa, yo lo notaba inquieto, cómo que había algo que me quería decir, pero no hablaba. Esos silencios que dicen todo, hasta que Cacho dijo la frase más dulce: “Violeta, querés ser mi novia??” Me acuerdo su mirada, sus palabras, sus manos agarrándome la cara, me miraba con un amor….Yo sonreí y le dije: “Sí Cacho, quiero ser tu novia y que vos seas mi novio”. Nos quedamos abrazados, mirándonos sin decir nada, pero esa mirada valía más que mil palabras. Yo pensé, qué ganas de congelar este momento para siempre! Cacho era mi vida. Una vez leí una frase de un filósofo alemán, Leibniz, que me ayudó a darme cuenta lo que estaba sintiendo: “Amar es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad”, y la verdad que lo sentía así. Me sentía feliz pero por sobre todas las cosas, sentía que lo hacía feliz a él. Cacho no paraba de decirme todo el tiempo, Violeta, dónde estabas?? Quién sos Violeta? Cómo llegaste a mi vida así para cambiarla en todo sentido?? Sos rosarina, yo porteño, cuáles eran las chances que nos cruzáramos…Y ahí fue cuando yo empecé a entender que a lo mejor yo no me mudé por mi profesión o mi carrera. Por ahí tenía que mudarme para esto, para encontrar y conocer al gran amor de mi vida. Porque a pesar que yo ahora a Cacho lo deteste desde lo más profundo de mi ser por haberme hecho tanto daño, creo fervientemente que Cacho es el gran amor de mi vida. Ojalá me equivoque.
Esa noche me fui a dormir con una sonrisa, me daba risa y ternura la forma en que Cacho me “pidió arreglo”. Al otro día, muy temprano me fui a Montevideo por un par de días con mi familia. Sabían que andaba tramando algo, hasta que en un taxi camino al puerto, mamá me indagó: Qué te pasa que estás tan risueña?? Es que mami, tengo novio, y quiero que sea mi último novio, porque estoy segura que es mi gran amor. Lo extrañé. Violeta ya lo empezaba a extrañar a este Cacho tierno, dulce, compañero y sostén. Porque Violeta, ahora, era la novia de Cacho.

No hay comentarios:
Publicar un comentario