domingo, 19 de septiembre de 2010

La primera puñalada

Al volver de Montevideo, todo estaba color de rosas, pero a los pocos días, llegó la primera puñalada. Esa mañana Cacho estaba con fiebre, así que no lo desperté y me fui a trabajar. Cuando volví, le preparé el desayuno, como siempre y se lo llevé a la cama. Yo lo mimaba y cuidaba y eso a él le encantaba. A la tarde yo me iba a Rosario, así que nos cruzamos a almorzar. Hacía ya tres meses que estábamos juntos y conversamos de lo bien que nos hacíamos mutuamente cuando yo, de la nada le dije: “Cacho, pensar que vos tenías una propuesta de trabajo en el exterior…Mirá si te hubieses ido y no nos conocíamos!” Silencio. “Qué? Cacho, vos seguís con esa idea?” Más silencio. Cacho no levantaba la mirada. “Decime Cacho…te vas a ir?” Y Cacho me miró, con una mirada que yo desconocía. “Mirá Violeta, la verdad es que no lo tengo decidido aún, la posibilidad está, y yo la verdad que tengo esa idea rondando, me gustaría mucho hacer esa experiencia, pero el haberte conocido me cambia todo.” Yo muda. No me la veía venir. Pensaba que Cacho estaba en la misma sintonía que yo. Pero no. “Violeta, no tengo nada decidido, pero me parece que debo ser sincero y la verdad es que no es un tema cerrado para mi.” A mi se me vino el mundo abajo…
“Entonces, Cacho, qué estamos haciendo? Me estás haciendo perder el tiempo??” Y ahí por primera vez, se me empezaron a escapar unas lágrimas. Lloré delante de Cacho por primera vez. Me sentí miserable. Sentí por primera vez que mi amor, nuestro amor nunca iba a ser suficiente. Porque si Cacho tenía dudas, tenía la idea de irse, era porque yo no era motivo suficiente como para que se quede. Me partió el alma. Sentía una impotencia y un dolor que me iban a marcar para siempre. Cacho se puso muy mal, me dijo que si yo pensaba que esto me iba a lastimar, era mi decisión, más que válida, de no seguir. Pero en un momento me dijo: “La Pioja tiene razón con lo que dijo...” y en ese momento no repare, pero después me quedó sonando en la cabeza, ella le había dicho que yo era la mujer de su vida, y Cacho también lo pensaba entonces?? Pero la seguía embarrando. Qué me estás diciendo?? Yo pensé que lo que estamos teniendo es real, que nada ni nadie puede opacarlo…Me sentí frustrada, sola y que Cacho por primera vez se cagaba en mi.
Me fui a Rosario desolada, la llamé a Black desesperada y entre cervezas le conté todo. Ella que piensa como yo acerca del amor, las oportunidades del corazón y el jugarse por lo que uno cree me miraba con ojos de “Sé por lo que estás pasando”. Fue fulminante la confesión de Cacho, y ahí cambió  para siempre.
Volví a Buenos Aires, tratando de convencerme que no podía terminar algo que recién empezaba y que era lo más lindo que había vivido en materia de pareja, así que decidimos darle una oportunidad a la relación incipiente y yo me convencí de que mi amor, nuestro amor, su amor, iban a ser invencibles y que Cacho no me iba a abandonar nunca. Pobre ilusa esta Violeta. Nunca fue suficiente, ni en ese momento, ni después, ni hoy, ni nunca.
Ese episodio me dejó triste, me apagó la ilusión. Es como que fue un cachetazo para volver a la realidad. Esos tres meses de idilio, enamoramiento y perfección, desaparecieron de un momento a otro. Igual con Cacho seguimos juntos pero algo quedó resonando. Y ahí comenzó una catarata de puñaladas que me fueron transformando. Empecé a sentirme insegura,  angustiada, dubitativa, perdida, mejor dicho, empecé a sentirme mortal. Yo pensé que eran ideas mías simplemente, que la situación había dejado algo de incomodidad entre los 2. Y un día chateando con Cacho olfateé que a él también le había generado algo. Y lo dijo: “Siento que hay algo en los dos que nos hace ruido, que tengo dudas, que vos estás pasando por una etapa de transición muy heavy”. Ahí fue la primera vez que me sentí descolocada, me temblaba todo el cuerpo, me sentía ahogada. Los tres meses habían pasado con un Cacho comprensivo, compañero y entregado a lo nuevo. De pronto, mi verdadero yo, mis obstáculos profesionales, mi añoranza de lo que había dejado atrás al mudarme, para Cacho habían dejado de ser admiración y pasaron a ser un: “Yo no puedo hacerme cargo, no me corresponde, no te puedo apoyar.” La iba embarrando cada vez más, como si la etapa de enamoramiento se empezaba a escapar por ahí.
La clave fue que Cacho se empezó a sentir en confianza como para meterse en mi vida, mis decisiones y mis mambos y yo que no tolero que me digan lo que tengo que hacer, de hecho, hago todo lo contrario si alguien me impone algo, que él se dio cuenta que a mi no me iba a poder manejar nunca. Que yo lo mimara, venerara y cuidara por sobre todas las cosas, no hacía que yo me transformara en alguien sumiso y manejable. Y así, de la nada, y por chat me dijo que no sentía que éramos compatibles y que lo que él me decía, sugería (IMPONIA), rebotaba y que sentía que lo nuestro era meramente una conexión física.
Me mató. Me aniquiló. Y él sólo atinaba a decir, por chat, repito, que mejor hablemos personalmente, que no me afligiera. Yo no me recuperaba de una puñalada, que venía otra con más fuerza.

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